viernes, 7 de noviembre de 2014

LA PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS




LA PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS



Lo había olvidado, fue un recuerdo fugaz mientras pasó, unos instantes después de salir de la farmacia, que me iba diciendo: ¡pero qué maravilla!, ¡qué hermosura! Luego, pasados unos segundos,  ya no volví sobre el asunto, y en los pocos instantes que lo consideré en la cabeza, más bien pensaba en aquel cuerpo joven sin nada particular que reseñar, salvo esa juventud, en su sonrisa y en nuestra despedida.

Ha sido esta madrugada, mientras desde mi ventana veía encenderse las ventanas de los otros, que se levantaban para ir a trabajar, cuando lo he mirado de otra manera, cuando me he dado cuenta, como hace muchos años hacía que no, con sorpresa, con estupefacción, de que el mundo está al revés, y no tiene remedio: de que todo es producto de una enorme confusión.


Yo me acababa de bajar del autobús, en la parada junto a una farmacia que hay al lado de casa, y me encaminé a comprar algo en ella; entró delante de mí una muchacha y salió el mancebo a despachar. La farmacia tiene como varios mostradores a modo de barricadas, para que los diversos propios  atiendan al personal con alguna intimidad;   lo que consideradas las cosas en su conjunto, creo que fue el motivo por el  que la chica entró allí, y ya dentro se encaminó al mostrador de más al fondo, cerca de la puesta por la que salía el vendedor, que, al verme entrar decidió atendernos a los dos en los mostradores de la zona intermedia y le dijo a la chica que a ellos fuera. Llegaron los dos y se ofreció el vendedor a atender antes a quien había antes entrado, pero ella, señalándome con la cabeza dijo que me atendieran primero.

Era innecesario, no soy tan viejo, al menos no quiero sentirme así: de tal manera que me dejen colarme en la farmacia para que me despachen antes (no sea que me muera mientras espero, o algo así),  y   pedí por lo que iba; desapareció el manolo  por la puerta que le había traído y volvió  con la caja  que quería; bueno, no me lo dio entero el pedido, porque le había pedido dos, y me dijo que solo tenía uno, le pedí el nombre comercial de un sustituto indiferente de lo anterior, y me volvió a decir que solo tenía uno, con lo que llegué a la conclusión de que solo tenían uno de todo, que ya COFARES proveería, y  traería lo que se fuera necesitando, pero, eso sí, de uno en uno. El caso es que me logró vender un ejemplar de la droga que quería, y el fámulo se aprestó a atender a la joven, que con un hilillo de voz, mientras yo guardaba en una bolsa que llevaba lo que me habían dado, pidió la píldora del día después, sin poder evitar que yo lo escuchara.


Estamos tan mal educados que si aquella muchacha hubiera tenido que comprar una droga para combatir un cáncer horrible, no habría pedido que me atendieran primero para que yo no me enterara de su demanda, y habría dicho el nombre de la cosa con seguridad y claridad, pero si de lo que se trataba era de pedir algo que indicaba un placer suyo recientemente disfrutado, eso, había que ocultarlo a toda costa a cualquiera.

¡Qué educación más gilipollas!, (y qué joven más bonita).