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lunes, 19 de septiembre de 2022

YA VIENE EL CORTEJO, YA SUENAN LOS CLAROS CLARINES

 

YA VIENE EL CORTEJO, YA SUENAN LOS CLAROS CLARINES

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https://recortesdeprensa001.blogspot.com




Ha muerto la reina inglesa y ha sido sustituida por quien correspondía.

 

 



Hace años, poco más de un siglo, en 1910, murió otro rey inglés y se reunieron en LONDRES, para despedirlo, los que en aquel tiempo eran considerados como gente muy principal, los mismos que se han reunido ahora en LONDRES para despedir a la reina inglesa.

 

 


BÁRBARA TRUCHMAN en su LOS CAÑONES DE AGOSTO nos cuenta aquella reunión en LONDRES habida para enterrar a un rey inglés y nos lo cuenta poniendo de relieve que el suceso de tener a TODO EL MUNDO reunido se producía a cuatro años de que estallara la PRIMERA GUERRA MUNDIAL, la GRAN GUERRA.


La muerte de la reina inglesa han dicho muchos que supone el fin de una época. Es posible. De la larga cita que abajo se hace de LOS CAÑONES DE AGOSTO, y en lo que hace al nacimiento de una nueva época, se puede destacar “La conocida campana del Big Ben dio las nueve cuando el cortejo abandonó el palacio, pero en el reloj de la Historia era el crepúsculo, y el sol del viejo mundo se estaba poniendo, con un moribundo esplendor que nunca se vería otra vez.”


Pero no avancemos acontecimientos, vamos a quedarnos en el cortejo, con RUBÉN DARÍO:


¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
¡ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!

 

 


De la entrada de esta importante historia, LOS CAÑONES DE AGOSTO, quiero rememorar los siguientes párrafos de su comienzo, por si hubiera algún lector al que se le alcanzara alguna semejanza con lo que estamos viendo ( y ojalá no con lo que veamos después).

Dice BÁRBARA TRUCHMAN:



 

Era tan maravilloso el espectáculo aquella mañana de mayo del año 1910, en que nueve reyes montaban a caballo en los funerales de EduardoVII de Inglaterra, que la muchedumbre, sumida en un profundo y respetuoso silencio, no pudo evitar lanzar exclamaciones de admiración. Vestidos de escarlata y azul y verde y púrpura, los soberanos cabalgaban en fila de a tres, a través de las puertas de palacio, luciendo plumas en sus cascos, galones dorados, bandas rojas y condecoraciones incrustadas de joyas que relucían al sol. Detrás de ellos seguían cinco herederos al trono, y cuarenta altezas imperiales o reales, siete reinas, cuatro de ellas viudas y tres reinantes, y un gran número de embajadores extraordinarios de los países no monárquicos. Juntos representaban a setenta naciones en la concentración más grande de realeza y rango que nunca se había reunido en un mismo lugar y que, en su clase, había de ser la última. La conocida campana del Big Ben dio las nueve cuando el cortejo abandonó el palacio, pero en el reloj de la Historia era el crepúsculo, y el sol del viejo mundo se estaba poniendo, con un moribundo esplendor que nunca se vería otra vez.

 


 

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales de donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes
llevados por manos robustas de heroicos atletas.

 



En el centro de la primera fila cabalgaba el nuevo rey, Jorge V, flanqueado a su izquierda por el duque de Connaught, el único hermano superviviente del difunto rey, y a su derecha figuraba un personaje al cual, según reseña del The Times, «corresponde el primer lugar entre todos los extranjeros que asisten al funeral», y que «incluso cuando las relaciones han sido más tensas, no ha perdido nunca su popularidad entre nosotros»: Guillermo II, emperador de Alemania. Montado sobre un caballo gris, luciendo el uniforme escarlata de mariscal de campo británico, llevando el bastón de este rango, el káiser presentaba una expresión, con su famoso bigote con las guías hacia arriba, que resultaba «grave, por no decir severa». De las varias emociones que agitaban su pecho tan susceptible poseemos algunas indicaciones en sus cartas: «Me siento orgulloso de considerar este lugar mi hogar y de ser miembro de esta familia real», escribió a su casa, después de haber pasado una noche en el castillo de Windsor, en las antiguas habitaciones de su madre. Los sentimentalismos y la nostalgia evocadas en estas ocasiones melancólicas en que convivía con sus familiares ingleses se mezclaban con el orgullo de su supremacía entre los potentados allí congregados y el profundo alivio por la desaparición de su tío del escenario europeo. Había llegado para enterrar a Eduardo, su tormento; Eduardo, el archiconspirador, tal como lo consideraba Guillermo, del bloqueo de Alemania; Eduardo, el hermano de su madre, al que no podía engañar, ni impresionar, cuyo obeso cuerpo arrojaba una sombra entre Alemania y el sol. «Es el diablo. ¡No os podéis imaginar lo diabólico que es!».


 

Este veredicto, anunciado por el káiser antes de una cena a la que asistían trescientos invitados, en Berlín, en el año 1907, tuvo su origen en uno de los viajes que Eduardo emprendió por el continente con planes claramente señalados de cercarlo. Había pasado una provocadora semana en París, había visitado, sin ninguna razón aparente, al rey de España, que acababa de casarse con su sobrina, y había terminado haciendo una visita al rey de Italia con la evidente intención de disuadirle de su Triple Alianza con Alemania y Austria. El káiser, poseedor de la lengua más viperina de Europa, se había dejado llevar nuevamente por sus impulsos y había hecho uno de aquellos comentarios que, de un modo periódico, durante los veinte últimos años de su reinado, agotaban los nervios de los diplomáticos.

 

Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los casos que hieren la tierra,
y los timbaleros,
que el paso acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!

 

 


Afortunadamente, aquel diablo que pretendía bloquear Alemania había muerto y había sido sustituido por Jorge, que, tal como le confesó el káiser a Theodore Roosevelt pocos días antes del funeral, era «muy buen muchacho» (tenía cuarenta y seis años; por lo tanto, era seis años más joven que el káiser). «Es un inglés de pies a cabeza y odia a todos los extranjeros, pero eso no tiene importancia, siempre que no odie a los alemanes más que a los otros extranjeros». Al lado de Jorge, Guillermo cabalgaba confiado, saludando, a su paso, a los regimientos de los dragones reales, de los cuales era coronel honorario. En cierta ocasión había distribuido fotografías suyas luciendo el uniforme de este regimiento y con la inscripción encima de su firma: «Espero mi hora». Aquel día había llegado su hora, era soberano supremo en Europa.



Detrás de él cabalgaban los dos hermanos de la reina viuda Alexandra, el rey Federico de Dinamarca y el rey Jorge de Grecia, su sobrino, el rey Haakon de Noruega, y tres reyes que habían de perder sus tronos:

 

 

 Alfonso de España, Manuel de Portugal y, luciendo un turbante de seda, el rey Fernando de Bulgaria, que irritaba a los otros soberanos haciéndose llamar «zar» y que guardaba en una caja las insignias reales de emperador de Bizancio en espera del día en que pudiera reunir bajo su cetro los antiguos dominios bizantinos.

 



Maravillados ante esos «espléndidos príncipes montados», tal como los describió The Times, pocos observadores prestaban atención al noveno rey, el único que había de alcanzar grandeza como hombre. A pesar de ser un hombre alto y un perfecto jinete, Alberto, rey de los belgas, al que no le gustaba la pompa de las ceremonias reales, obligado a cabalgar junto a aquellos compañeros, se sentía embarazado y ausente. Tenía treinta y cinco años y hacía solamente un año que había subido al trono. Incluso posteriormente, cuando su rostro fue más conocido como símbolo de heroísmo y tragedia, todavía encontramos en él esta expresión ausente, como si su mente estuviera sumida en otros problemas.
 
 

 
El futuro causante de la tragedia, alto, corpulento y envarado, con plumas verdes adornando su casco, el archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del anciano emperador Francisco José, cabalgaba a la derecha de Alberto, y a su izquierda otro heredero que no llegaría a subir al trono, el príncipe Yusuf, heredero del sultán turco. Detrás de los reyes seguían las altezas reales: el príncipe Fushimi, hermano del emperador de Japón, el gran duque Miguel, hermano del zar de Rusia; el duque de Aosta, vestido de azul claro con verdes plumas, hermano del rey de Italia; el príncipe Carlos, hermano del rey de Suecia; el príncipe Enrique, consorte de la reina de Holanda, y los príncipes reales de Serbia, Rumania y Montenegro. Este último, el príncipe Danilo, «un amable y extremadamente apuesto joven de deliciosos modales», se parecía al amante de la Viuda Alegre por más de un motivo, ya que, para consternación de los funcionarios británicos, había llegado la noche anterior acompañado por «una encantadora joven de grandes atractivos personales», a quien presentó como la dama de honor de su esposa, que le había acompañado a Londres para hacer ciertas compras.
 

 


Seguía un regimiento de miembros de menor rango de la realeza: los grandes duques de Mecklenburg-Schwerin, Mecklenburg-Strelitz, Schleswig-Holstein, Waldeck-Pyrmont de Coburgo, Sajonia-Coburgo y Sajonia-Coburgo Gotha, de Sajonia, Hesse, Württemberg, Baden y Baviera; este último, el príncipe heredero Rupprecht, había de mandar muy pronto un ejército alemán en el campo de batalla. Figuraba también en el cortejo el príncipe de Siam, un príncipe de Persia, cinco príncipes de la antigua casa real francesa de Orleans, un hermano del jedive de Egipto, que lucía un fez bordado en oro, el príncipe Tsia-tao, de China, con un manto bordado de color azul claro y cuya antigua dinastía había de permanecer todavía durante dos años en el trono, y el hermano del káiser, el príncipe Enrique de Prusia, que representaba la Marina de Guerra alemana, de la que era comandante en jefe. Entre tanta munificencia había tres caballeros vestidos de paisano: el señor Caston-Carlin, de Suiza, el señor Pichon, ministro de Asuntos Exteriores francés, y el expresidente Theodore Roosevelt, enviado especial de Estados Unidos.


Eduardo, objeto de esta reunión sin precedentes de naciones, había sido llamado frecuentemente el «Tío de Europa», un título que, en lo que hacía referencia a las casas gobernantes en Europa, podía ser tomado literalmente. Era el tío no sólo del káiser Guillermo sino también, por la hermana de su esposa, la emperatriz viuda María de Rusia, del zar Nicolás II. Su sobrina Alix era la zarina, su hija Maud era reina de Noruega, otra sobrina, Ena, era reina de España, y una tercera sobrina, María, sería pronto reina de Rumania. La familia danesa de su esposa, además de sentarse en el trono de Dinamarca, había educado al zar de Rusia y proporcionado reyes a Grecia y Noruega. Otros parientes, los descendientes de los nueve hijos e hijas de la reina Victoria, estaban desperdigados por las cortes de Europa.


 


 Las trompas guerreras resuenan;
de voces los aires se llenan…
 A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encarnan las glorias pasadas;
y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas;
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha
triunfal!…

 


 

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